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Palaos: El paraíso pacífico atrapado en la tormenta diplomática entre China y Estados Unidos

El sol se eleva sobre las aguas turquesas de la bahía de Koror, tiñendo de oro las rocas calizas que emergen como guardianes ancestrales del océano. El aroma salino se mezcla con el dulzor de la fruta del pan madura, y en las mañanas serenas, el ronroneo de los motores de los barcos de buceo rompe el silencio. Hace una década, estas embarcaciones bullían de vida: turistas chinos, atraídos por las cuevas submarinas y las lagunas iridiscentes, llenaban los hoteles hasta la capacidad, desbordaban los restaurantes y agotaban las capturas de los pescadores locales. Palaos, este archipiélago de 340 islas en el corazón del Pacífico occidental, era un edén económico impulsado por el turismo, que representaba cerca del 40% de su PIB.

Pero ese auge fue efímero. En 2017, un decreto silencioso de Pekín –la supuesta orden a los operadores turísticos chinos para cesar la venta de paquetes a Palaos– provocó un colapso repentino. Los visitantes del gigante asiático, que entre 2015 y 2017 constituían hasta el 54% de los turistas, se evaporaron casi por completo, dejando atrás hoteles vacíos, barcos ociosos y sueños rotos. “Compré nuevos barcos para el boom repentino”, relata un dueño de una tienda de buceo en Koror, cuya voz se quiebra al recordar cómo esas naves “permanecieron inactivas en la bahía durante años”. No fue un capricho del mercado: autoridades palauanas lo atribuyen a una táctica de coerción económica, parte de la campaña más amplia de China para forzar a Palaos a romper sus lazos diplomáticos con Taiwán y alinearse con Pekín.

Esta no es solo una anécdota local; es el epicentro de una guerra fría en el Pacífico, donde superpotencias como China y Estados Unidos se disputan el control de rutas marítimas vitales, recursos submarinos y lealtades diplomáticas. Palaos, con apenas 18.000 habitantes y un territorio equivalente al tamaño de Francia pero disperso en el mar, se ha convertido en un tablero de ajedrez geopolítico. Su lealtad a Taiwán –uno de los 12 aliados diplomáticos restantes de la isla democrática– lo posiciona como un desafío directo al principio de “una sola China” de Pekín. Al mismo tiempo, su pacto de asociación libre con Washington, renovado en 2024 por 890 millones de dólares en 20 años, le otorga a EE.UU. acceso militar exclusivo, convirtiéndolo en un bastión contra la expansión china.

El auge y la caída: El turismo como arma de Pekín

El idilio turístico con China comenzó en 2008, con apenas 634 visitantes continentales. Para 2015, la cifra explotó a 91.000, impulsada por vuelos chárter y campañas agresivas de promoción. El PIB palauano creció un 30% en dos años, pero el paraíso se volvió insostenible: la inflación disparó los precios de bienes básicos, como el cangrejo de coco, de 7 dólares por libra a cifras prohibitivas. La masificación erosionó el medio ambiente; el icónico Lago de las Medusas, un atractivo mundial, cerró en 2017 por el estrés causado por miles de bañistas.

El punto de quiebre llegó en noviembre de 2017. China revocó el Estatus de Destino Aprobado (ADS) de Palaos, prohibiendo tours grupales estatales –que representan el 45% del turismo chino– bajo la excusa de su falta de relaciones diplomáticas. Las llegadas cayeron un 22,7% en el último trimestre de ese año, de 122.000 turistas totales en 2017 a apenas 58.000 chinos en 2018. Palau Pacific Airways, dependiente de rutas a Hong Kong y Macao, suspendió operaciones tras una caída del 50% en reservas. “Es una discusión en curso sobre cómo China arma el turismo”, admitió Jeffrey Barabe, dueño del Palau Central Hotel.

Pekín niega repetidamente el uso del turismo como “herramienta política”, pero el patrón es claro. En 2020, un embajador chino en un país vecino ofreció “un millón de turistas al año” si Palaos cortaba lazos con Taiwán, según reveló el presidente Surangel Whipps Jr. en una carta a un senador estadounidense en febrero de 2024. En 2024, un alerta de seguridad del Ministerio de Exteriores chino –citando “casos frecuentes de inseguridad pública”– halved las visitas chinas al 30% del total, pese a que Whipps desmintió las amenazas. “Si China usa el turismo como arma, es un mercado inestable en el que no debemos depender”, declaró el mandatario.

El impacto económico fue devastador. El turismo, pilar de la economía junto a la pesca y la agricultura de subsistencia, generaba 67 millones de dólares anuales en divisas en 1996 (mitad del PIB entonces). La pandemia de COVID-19 agravó la crisis: en 2021, el PIB se contrajo un 17,1% con una caída del 92% en llegadas. Sin embargo, la resiliencia palauana surgió: el gobierno diversificó mercados, enfocándose en visitantes de alto gasto y bajo impacto de Taiwán, Japón, Corea del Sur y EE.UU. En el año fiscal 2023, las llegadas crecieron un 279,1%, alcanzando el 58,9% de los niveles pre-pandemia en 2024, con proyecciones de un PIB en expansión del 6,8% este año y 8% en 2025, según el Banco Asiático de Desarrollo (ADB).

Vuelos directos desde Taipéi y Macao impulsaron la recuperación, y el Plan de Prosperidad Azul promueve turismo sostenible. Eventos como los Mini Juegos del Pacífico en 2025 y reformas fiscales –incluyendo un impuesto a ganancias empresariales– fortalecen la resiliencia. Aun así, el resurgimiento chino es tentador: en los primeros cinco meses de 2024, llegaron 8.000 visitantes del continente, renovando temores de inflación y dependencia.

Más allá del turismo: Influencia china y expansión militar estadounidense

La presión de Pekín trasciende las playas. Desde 2017, China ha invertido en bienes raíces y negocios palauanos, a menudo a través de proxies con lazos criminales. El Grupo Príncipe, un conglomerado chino-camboyano fundado por Chen Zhi –sancionado por EE.UU. en 2025 por lavado de dinero y trata–, propuso resorts por más de 1.000 millones de dólares. Empresas como Palau Southern Palace Development Corporation, vinculada a operaciones de influencia, buscan arrendamientos de hasta 99 años en tierras estratégicas. En 2025, el Tesoro estadounidense sancionó a individuos palauanos por nexos con este grupo.

Ciberdelitos y crimen organizado se infiltran: Wang Shuiming, implicado en el mayor caso de lavado en Singapur, expande apuestas en línea; Fang Xiaojie, operador bancario fraudulento, se presenta como presidente de un banco local. Incluso un oficial retirado de la Armada china, Wang Jizhang, registró una firma fachada para expandir influencia, conectando con Wan Kuok-koi (“Diente Roto”), líder triada sancionado por inversiones ilícitas. “China erosiona el liderazgo, interrumpe servicios vitales y debilita la confianza en el gobierno”, acusó Whipps en septiembre de 2025, citando envíos de drogas a costas palauanas y ciberataques, como el de marzo de 2024 que paralizó sistemas financieros.

Incursiones navales chinas en la Zona Económica Exclusiva (ZEE) de Palaos –más de 100 en 2024– violan soberanía, mapeando cables submarinos y recursos. Buques de investigación como el Xiang Yang Hong 3 patrullan aguas cercanas, recopilando inteligencia para posibles sabotajes.

En respuesta, EE.UU. fortalece su presencia. Bajo el Compacto de Asociación Libre (COFA), renovado en 2024, Washington invierte 890 millones en 20 años para acceso militar ilimitado. En 2025, se construyen radares de alerta temprana en islas como Peleliu –sitio de una sangrienta batalla de la Segunda Guerra Mundial– y se moderniza el puerto de Koror para buques de guerra. Ejercicios conjuntos con Filipinas e India en el Mar de China Meridional disuaden agresiones. “Palaos es parte de la familia estadounidense”, enfatizó Whipps en julio de 2023 ante el Congreso de EE.UU. Un experto militar estimó que replicar el control palauano costaría 100.000 millones de dólares.

Voces del paraíso herido: El costo humano de la geopolítica

En las calles de Koror, la rivalidad global se siente en lo cotidiano. Vance Polycarp, dueño de un centro de buceo, lamenta: “El 95% de mi negocio era chino; entiendo el boicot, pero duele”. Iked, otro operador local de 29 años, aspira a equilibrar mercados: “Somos abiertos a China y Taiwán, pero sin discriminación”. La inflación pasada elevó alquileres y precios, desplazando a locales; hoy, el miedo a un nuevo boom chino revive traumas ambientales.

El presidente Whipps, reelegido en noviembre de 2024 con el 57% de los votos contra el exmandatario Tommy Remengesau –más abierto a Pekín–, defiende lazos con Taiwán por “valores compartidos de democracia”. Taiwán aporta 10 millones anuales en becas y salud, pero la elección subrayó divisiones: pro-chinos en el Congreso presionan por lazos económicos sin romper con Taipéi.

Un futuro incierto: ¿Resiliencia o rendición?

Palaos navega un dilema: rechazar la influencia china preserva soberanía, pero arriesga aislamiento; ceder invita a dependencia. El ADB prevé crecimiento sostenido si se gestionan riesgos fiscales y se invierte en turismo verde. Iniciativas como la Estrategia de Turismo Sostenible 2025-2028 buscan atraer visitantes de bajo impacto, fomentando empresas locales y empleo palauano.

Sin embargo, la escalada es palpable. En abril de 2025, Reuters reveló una campaña de influencia china con donaciones a políticos y reuniones con oficiales de Pekín. EE.UU. responde con radares y patrullas, pero Whipps advierte: “Estamos en guerra híbrida”. Para esta nación de soñadores oceánicos, el océano ya no es solo fuente de vida, sino de tensión global.

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