Caracas / Washington, 6 de enero de 2026 – La captura de Nicolás Maduro en Venezuela y su traslado a Estados Unidos para enfrentar cargos de narcoterrorismo ha intensificado el debate sobre el verdadero papel del país sudamericano en el tráfico internacional de drogas. Horas después de su detención, el presidente Donald Trump lanzó advertencias directas a México y Colombia, sugiriendo que podrían ser los próximos objetivos en su ofensiva antidrogas. “De México hay que hacer algo”, afirmó Trump sobre su vecino fronterizo, mientras que al presidente colombiano Gustavo Petro le recomendó “que se cuide mejor”, acusándolo de “fabricar cocaína y enviarla” a Estados Unidos.
El arresto de Maduro, acusado por Washington de liderar el supuesto Cartel de los Soles –una red narcoterrorista presuntamente integrada por altos funcionarios y militares venezolanos con vínculos a guerrillas colombianas y carteles mexicanos–, demuestra que la administración Trump está dispuesta a pasar de las amenazas a la acción. Desde agosto de 2025, Estados Unidos desplegó una amplia operación militar en el Caribe y aguas cercanas a Venezuela, con bombardeos a embarcaciones sospechosas que, según fuentes oficiales, han dejado al menos 110 muertos.
Sin embargo, expertos consultados por BBC Mundo coinciden en que el rol de Venezuela en el narcotráfico difiere sustancialmente del de México y Colombia, países tradicionalmente señalados como epicentros de producción y distribución.
Colombia sigue siendo el principal productor mundial de cocaína, con la gran mayoría de los cultivos de hoja de coca y laboratorios de procesamiento ubicados en su territorio. México, por su parte, se ha consolidado como la principal ruta de ingreso de drogas a Estados Unidos y hogar de poderosos carteles que controlan la violencia asociada al tráfico, la distribución interna y el lavado de activos.
Venezuela, en cambio, funciona principalmente como trampolín o ruta de tránsito para la cocaína producida en Colombia. “Venezuela se volvió funcional para ampliar rutas internacionales de la droga sudamericana, fortaleciendo la salida desde el Caribe colombiano al anexar el Caribe venezolano”, explica Francisco Daza, coordinador de la línea de Paz Territorial y Derechos Humanos de la Fundación Pares en Colombia.
El economista Daniel Rico, de la Universidad Nacional, añade que aunque existen laboratorios de procesamiento en territorio venezolano, el cultivo de coca es mínimo. “Hay mucho laboratorio de cocaína venezolano, aunque no tanto cultivo”, precisa Rico, subrayando que el país caribeño sirve sobre todo para diversificar y facilitar el envío marítimo y aéreo hacia mercados de Europa, África y Norteamérica.
Analistas destacan que las acusaciones contra el Cartel de los Soles –que involucrarían a sectores de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana– se centran más en la presunta tolerancia o complicidad estatal que en una producción masiva propia. Esto contrasta con la dinámica mexicana, donde los carteles operan como estructuras paralelas al Estado con alto nivel de violencia territorial, y con Colombia, donde el control de cultivos y laboratorios sigue siendo el núcleo del problema.
Las advertencias de Trump a México y Colombia generan incertidumbre en la región, especialmente porque ambos países han mantenido cooperación antidrogas con Washington en grados variables. En Colombia, el gobierno de Petro ha priorizado una política de sustitución de cultivos y desmonte gradual, alejándose de la erradicación forzada, lo que ha generado tensiones con EE.UU.
Expertos advierten que una escalada militar similar a la desplegada contra Venezuela podría complicar las relaciones bilaterales y afectar estrategias locales de paz territorial. Por ahora, la captura de Maduro marca un precedente inédito en la “guerra contra las drogas” de la era Trump, mientras el mundo observa si México y Colombia serán los próximos capítulos.

